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Sadismo extremo en el internado

En aquella hora del atardecer, Elsa caminaba temerosa por los solitarios pasillos del lóbrego edificio. Minutos antes un bedel le había comunicado que Don Gabriel, el director, le había mandado llamar a su despacho y ella estaba muerta de miedo. La joven llevaba meses oyendo todo tipo de rumores sobre lo que significaba "que te llamaran al despacho del director", pues entre las alumnas del internado circulaban historias perversas sobre lo que ocurría en dicho lugar, especialmente lo de los "tocamientos" y otras cosas más fuertes. Parece ser que Don Gabriel era aficionado a utilizar la fusta o el látigo con las alumnas díscolas. Podía ser verdad o no pero la sola posibilidad de que el director le pusiera la mano encima hacía que su joven cuerpo se estremeciera. Elsa era de las alumnas más empollonas y formales del colegio, así que por el momento nunca le había tocado hacer la temida visita al director. Esa iba a ser su primera vez.

Don Gabriel tenía su casa en un edificio aparte del colegio y separado de éste por un bosquecillo. Parece ser que antiguamente había sido un convento o algo parecido y ahora el director utilizaba sólo un par de habitaciones del enorme edificio, el resto estaba vacío. Normalmente, las alumnas del internado nunca iban por allí y tampoco solía haber otros profesores o personal subalterno, así que en todo el trayecto Elsa no se cruzó con nadie. Por fin cuando llegó al edificio entró en él y con el alma encogida recorrió los largos y oscuros pasillos en busca del temido despacho.

Mientras caminaba, Elsa no dejaba de pensar en el director. Don Gabriel era un personaje intimidante que provocaba rechazo y asco en las alumnas. Cuando llegó al colegio unos meses antes, Elsa había sido advertida de que se trataba de un viejo verde de la peor especie, de esos profesores asquerosos que te repasan con la mirada y "soban" accidentalmente a las alumnas aprovechándose de su superioridad. Por esta razón, y aunque era bastante guapa, Elsa había hecho todo lo posible por pasar inadvertida.

Así, la joven siempre llevaba el pelo recogido, la falda lo más larga posible y la blusa bien abotonada hasta arriba. Además solía disimular la prominencia de sus pechos con rebecas y otros aditamentos como bufandas y abrigos. Por otro lado, dentro del colegio nunca se quitaba las gafas a pesar de que no le favorecían en absoluto.

Sin Embargo, todos estos intentos de parecer un adefesio no le sirvieron de nada pues Don Gabriel reparó en que a sus dieciocho años recién cumplidos la chica era una auténtica belleza. Consiguientemente fijó su atención en ella y se puso a observarla muy de cerca durante semanas para poder pillarle en una falta. Por fin, después de mucho fijarse lo consiguió. Así, en cuanto tuvo la excusa, Don Gabriel aprovechó la ocasión y ordenó que la joven fuera a hablar con él en cuanto acabaran las clases. Para ello, y mientras todo el colegio se encontraba cenando en los comedores, Elsa tendría que acudir a su despacho, un lugar discreto y alejado de molestos testigos.

Don Gabriel esperaba a su víctima en su cubil como una araña espera a la mosca. El hombre de más de cincuenta años tenía un rostro duro y acerado, no era mal parecido, pero sus facciones revelaban en ese momento un sadismo oculto, sobre todo al saber que la bella Elsa estaría pronto en su presencia y completamente a su merced.

- Adelante, contestó secamente al oír el golpe de unos nudillos en la puerta.

Elsa asomó la cabeza tímidamente.

- ¿Me..me había mandado llamar?.

- Sí, pase y cierre la puerta por dentro.

A Elsa no le gustó un pelo eso de tener que cerrar la puerta con llave, pero obedeció sin pensar. Don Gabriel se encontraba sentado en ese momento tras su mesa. Estaba escribiendo algo, pero no levantó la vista de los papeles ni invitó a la joven a sentarse, de modo que ésta se quedó de pie, en medio del despacho sin saber qué hacer. Elsa se quedó parada con las piernas juntas, sin saber dónde poner las manos y mirando hacia todos los lados, hacia las estanterías plagadas de libros, las muebles antiguos, aparatosos y oscuros y las ventanas con la persiana echada. La habitación estaba iluminada sólo por una lámpara situada sobre la mesa, pero buena parte de ella estaba en penumbra. Elsa estaba nerviosa e incómoda de estar a solas con aquel viejo pervertido, ¿qué coño querría de ella?.

Por su parte, Don Gabriel se demoró a posta y para desconcierto de la chica le hizo esperar un buen rato sin decirle nada y sin siquiera mirarla.

Por fin y tras unos interminables minutos, Don Gabriel terminó con lo que estaba haciendo, se recostó en la silla y miró a Elsa de arriba abajo con un gesto duro e inexpresivo. Al principio no le miró a los ojos, sino que recorrió su cuerpo con una expresión de mal disimulada lujuria. La chica llevaba zapatos negros, calcetines blancos, falda escocesa roja y una inmaculada blusa blanca. Esta vez no había tenido tiempo de coger más ropa de modo que sus redondos pechos y sus pezones erizados se marcaban perfectamente en la delgada tela blanca. En ese momento Elsa sintió como si él le estuviera haciendo una radiografía, como si ese cerdo se la estuviera imaginando ya desnuda, y por eso se le empezaron a subir los colores. La chica no se equivocaba en su percepción pues eso era precisamente lo que pasaba por la mente de Don Gabriel, eso y otros pensamientos de índole más sádica. Finalmente él le miró fijamente a los ojos con severidad y ella tuvo que bajar la mirada avergonzada.

- Yo la tenía por una buena chica, Elsa, ¿qué le ha pasado para que se produzca este cambio?.

La joven se quedó de una pieza sin entender nada.

- No, no sé a qué se refiere, dijo con poca voz y desconcertada.

- ¿Ah no?. ¿Puede usted decirme cuáles son las normas del colegio sobre el uniforme?.

- No le entiendo, ¿qué quiere decir?.

- Le pregunto si sabe cómo debe ir vestida.

- Las normas dicen cómo debe ser el uniforme, señor, pero no entiendo...no he incumplido ninguna norma que yo sepa.

- ¿Seguro?.

- Sí, ...no sé qué he hecho mal, dijo Elsa mirándose y abriendo los brazos.

- ¿Qué dicen las normas sobre la ropa interior?.

Esta vez Elsa se enrojeció aún más y bajo la mirada.

- ¿Qué pasa?, ¿no me va a contestar?.

- Es que..., me da vergüenza hablar de eso con usted.

- ¿Ah sí?. No creo que le dé tanta vergüenza siendo usted como es una desvergonzada, pero no importa, yo le refrescaré la memoria.

Ante el desconcierto de la chica, Don Gabriel cogió un cuadernillo y buscando la página correspondiente se puso a leer.

- "Las alumnas deberán llevar bajo el uniforme camiseta, sujetador y bragas de color blanco, cualquier incumplimiento a esta norma será duramente castigada". Don Gabriel cerró el cuadernillo con un gesto displicente. Dígame, Elsa, ¿lleva usted camiseta y sujetador en este momento?.

Ella se llenó de valor para mentir.

- Por supuesto, ¿por quién me toma?.

Don Gabriel se sonrió como si esperara la respuesta.

- Muy bien, entonces no tendrá inconveniente en abrirse la blusa ¿verdad?. Dijo él con una sonrisa cruel.

- ¿Qué?, preguntó ella alarmada.

- Digo que se quite la blusa ahora mismo para demostrarme que lleva ropa interior.

- Nnno, no.

- ¿Por qué no?

- No puede obligarme a desnudarme en su presencia.

- No estará desnuda si como dice tiene la camisa puesta. Le he dicho que se quite la blusa, obedezca.

- No quiero, no puede, ...le denunciaré si me obliga.

- Y yo hablaré con sus padres y le echaré del colegio si no lo hace.

- No puede hacer eso. Elsa decía esto sin convicción, a la desesperada.

- Vamos a ver, ¿lleva o no lleva ropa interior?

- No. Elsa bajó la cabeza y lo dijo casi para sí.

- Lo sabía, dijo Don Gabriel impaciente de ver desnuda a la bella jovencita. El viejo asqueroso llevaba varios días observando cómo los pechos de la joven se le movían más de la cuenta bajo la blusa y sacó la deducción correcta. La sola idea de verla desnuda le hacía empalmarse desde hacía tiempo.

- Y ¿se puede saber por qué no lleva sujetador?. Es usted una indecente.

- Es que, es que me hace daño.

- Cómo que le hace daño. ¿Qué le ocurre?.

- Cosas de mujeres, ya sabe, me hace daño.

- Mire jovencita, no juegue conmigo, yo sé más de mujeres que usted así que no intente pasarse de lista. ¿Por qué le duele el sujetador?.

- No se lo puedo decir. Elsa no sabía cómo salir de ésta.

- Eso es una excusa, dígame por qué.

- Es que,... es que tengo la piel marcada.

- ¿Cómo que marcada?.

- Deje que me vaya, por favor, me pondré el sujetador ahora mismo.

- Usted no se mueve de aquí. ¿Por qué tiene la piel marcada?.

Ella dudó un instante calculando hasta dónde podía llegar.

- ¡Conteste!

- Tengo quemaduras.

- ¿Quemaduras?, ¿se ha quemado ahí?

- No he sido yo, me, me han quemado con un cigarro. Don Gabriel se quedó boquiabierto.

- ¿Qué, cómo que le han quemado con un cigarro?, explíquese.

Elsa no quería pero no tuvo más remedio que cantar como un pajarito.

- Fueron mis compañeras de habitación Sólo era un juego, no hacíamos nada malo. La chica se puso a sollozar al verse obligada a chivarse.

- Vamos a ver Elsa, todo esto es muy raro. Dice usted que le han quemado con un cigarro sus compañeras de habitación.... Don Gabriel tragó saliva antes de formular la pregunta. ¿En los pechos quizá?

Elsa asintió con la cabeza con lágrimas en los ojos y muerta de vergüenza.

- ¿En algún sitió más?. El hombre sentía cómo su polla crecía dentro de los pantalones.

- Me da mucha vergüenza hablar de esto, deje que me vaya, por favor.

- Conteste a mi pregunta o será peor. ¿le quemaron en algún sitio más?

- Sí, en el vientre y en los costados, por todas partes, era horrible, dolía mucho, quiero irme, déjeme.

- Me está usted dejando de piedra. Ahora estoy más interesado que antes en que se quite la blusa, desnúdese y enséñeme esas marcas.

- Pero, pero.

- Vamos, hágame caso, si se quita ahora mismo la blusa olvidaré lo de la ropa interior y por esta vez no la castigaré.

Elsa hizo ademán de desabotonarse la blusa pero tras quitarse el primer botón se negó a seguir.

- Es que no puedo creerlo, yo aquí desnuda con usted delante, no, no puedo.

Don Gabriel cambió de tono y se puso conciliador.

- No sea niña, usted es ya casi una mujer y yo soy su profesor. Es necesario que alguien vea esas quemaduras, podría ser grave. Y como ella dudaba, Don Gabriel volvió a ponerse serio. Elsa, ¡quítese la blusa o me veré obligado a aclarar esta situación con sus padres ahora mismo!.

A la joven no le quedaba otro remedio así que se fue quitando los botones uno a uno roja de vergüenza ante la ávida mirada de Don Gabriel. La bella muchacha se los fue desabotonando y su piel blanca ya se adivinaba desnuda bajo la tela mientras ella bajaba la mirada y se cubría de rubor. Finalmente se sacó los faldones de la camisa y se la abrió lo justo para dejar entrever los pechos fugazmente. Efectivamente no llevaba nada debajo y el hombre hacía todo lo posible por ver algo. A esas alturas, Don Gabriel ya estaba empalmado y babeando, pero aún quería más.

- Así no veo nada, quítesela del todo y tírela al suelo, ¡ahora!.

Elsa estuvo a punto de replicar, pero no se atrevió, se abrió del todo la camisa y la dejó caer al suelo cubriendo sus pechos con las dos manos. A Don Gabriel le pareció en ese momento que la que se estaba desnudando delante de él era la chica más bella que había visto nunca, con la espalda delgada y larga, unas tetas redondas y tiesas que parecían de mármol y una piel que se adivinaba muy suave. Púdicamente, Elsa cruzó un brazo delante de su pechos mientras le mostraba con la otra mano las pequeñas quemaduras rojizas que la joven tenía aquí y allá. A Don Gabriel se le puso como una estaca con esa colegiala gafosa y semidesnuda en su presencia, pocas chicas a su edad tenían unos senos semejantes, proyectados hacia arriba y con unos pezones de aureolas turgentes que ansiaba acariciar con los dedos. De hecho, cuando se levantó de la mesa para acercarse a ella, Elsa se quedó boquiabierta al ver su gran erección.

Don Gabriel se acercó a ella y suavemente le cogió de los brazos poniéndoselos a la espalda y manteniendo ambas muñecas atenazadas con una sola mano. Quizá se podía haber liberado de la llave, pero Elsa no lo hizo sino que se dejó hacer mientras notaba como se mojaba su entrepierna. Al proyectar sus pechos hacia adelante, Don Gabriel pudo ver perfectamente cómo a ella se le ponía la piel de gallina y se le erizaban los pezones más si cabe. Efectivamente los tenía marcados con pequeños puntos rojizos que rebelaban el tremendo tormento que había tenido que soportar esa muchacha. La certeza de eso transtornó su mente sádica y el hombre perdió el control. De este modo, con la mano libre y para sorpresa de ella, Don Gabriel se puso a acariciarle el pecho toqueteando las quemaduras.

- ¿Qué, qué hace?. No me toque por favor.

Por supuesto, Don Gabriel no dejó de hacerlo sino que siguió acariciándola cada vez con menos timidez, poniéndole toda la mano en el pecho y comprobando su dureza y suavidad con las yemas de los dedos.

- ¿Le duele?, le preguntó él como si eso le importara algo.

- Un poco. Elsa temblaba al sentirse toqueteada por ese cerdo pero dejó que siguiera sobándola sin protestar.

- También tiene los pezones enrojecidos y marcados como si se los hubieran pellizcado, dijo él acariciándole la aureola de los pezones con los pulgares.

- Me los retorcieron con unos alicates señor, dijo ella entrecortadamente y cerrando los ojos por ese agradable cosquilleo.

- Qué bestias, pobrecita, le dijo él pellizcándole los pezones ligeramente y reprimiendo sus ganas de chupárselos. Quiero que me cuente cómo ocurrió. A Don Gabriel le costó dejar de sobarle las tetas a esa jovencita, pero finalmente se cruzó de brazos esperando la morbosa confesión.

Elsa se agachó para recoger su blusa pero Don Gabriel se la arrancó de las manos.

- Todavía no le he dado permiso para que se vista. Cuéntemelo todo y no me mienta. Elsa volvió a taparse los pechos con las manos, avergonzada de estar cachonda delante de ese viejo verde.

- Como ya le he dicho, todo empezó con un juego. Era por la noche y alguien propuso jugar al strip poker. No había chicos con nosotras y muchas veces nos hemos visto desnudas así que no pensaba que estuviéramos haciendo nada malo. El caso es que tras unas manos estábamos todas medio en pelotas y yo perdí mi sujetador y mis braguitas. Pensé que al quedarme desnuda se acabaría el juego, pero entonces Carla...

- Carla, Carla... ah ya, Carla. Hace unas semanas pasó por aquí y probó la fusta, es una compañía poco recomendable. ¿Que ha hecho esta vez?.

- Carla propuso que había que darle más emoción, la que perdiera la siguiente mano sería esa noche la esclava de las demás y debería dejarse hacer lo que ellas quisieran.

- ¿Y usted aceptó?. Dijo Don Gabriel anonadado de saber las cosas que ocurrían en el colegio.

- Sí no sé lo que me pasó, estaba muy excitada y confusa y no sabía lo que hacía. El caso es que volví a perder y tuve que aceptar ser su esclava. Primero me obligaron a hacer tonterías inofensivas y todas nos reímos, ya sabe, me obligaron a andar a lo perro, a coger las zapatillas con la boca y a lamerle los pies a una. Todas nos reíamos, pero entonces la cosa fue a mayores y Carla me dijo que le tenía que chupar el coño. Yo al principio pensé que era una broma, pero me dijo que iba en serio. Por supuesto me negué así que me dijeron que si no lo hacía por las buenas sería castigada como esclava desobediente. Yo seguí negándome. Consiguientemente me atraparon, me ataron en la cama y me amordazaron con mis propias bragas y cinta aislante.

- ¿Fue entonces cuando le quemaron con el cigarro?.

- Sí, de repente parecía que se habían vuelto locas. Ellas también se desnudaron del todo. Primero se pusieron a tocarme por todas partes, luego empezaron a arañarme con las uñas y a darme pellizcos mientras me decían que era una asquerosa empollona. Entonces Carla encendió un cigarro y se puso a quemarme las tetas con él. Lo hacía despacio y con cara de sádica. Las quemaduras eran horribles, yo gritaba y gritaba, pero ellas siguieron torturádome sin piedad, me quemaron lo menos veinte veces sin hacer caso de mis gritos. Después, cuando se cansaron de lo del cigarro, trajeron unos alicates y me retorcieron los pezones. Creí que me los iban a arrancar de cuajo y pedí socorro a gritos, pero nadie me oía con la mordaza puesta.

- ¿Y después que pasó?, preguntó Don Gabriel tragando saliva y haciendo esfuerzos por no masturbarse allí mismo. Desde hacía un rato parecía que a Elsa se le había pasado la vergüenza y contaba esas cosas tan escabrosas con toda naturalidad.

- Aún siguieron un rato, después de los alicates trajeron un peine de puas y me lo pasaron entre los muslos arañándome con toda su fuerza, eso fue lo peor. Finalmente cuando ya no podía más Carla metió su cara entre mis piernas y se puso, se puso a... bueno, ya sabe, me da vergüenza decirlo.

- ¿Le chupó ahí?

Elsa afirmó con la cabeza.

- ¿Llegó usted a tener un orgasmo?

- Sí

- Puercas. Sus compañeras de habitación serán duramente castigadas por esto. Cada una de ellas recibirá cuarenta azotes y esa Carla recibirá sesenta. No se podrá sentar en un mes. ¿Le parece bien?.

- Sí señor, pero no les dirá que se lo he dicho yo, ¿verdad?.

- No se preocupe por eso. Don Gabriel fue hasta una esquina y cogiendo una caña flexible sesgó el aire un par de veces y después se golpeó con ella en la palma de la mano. El silbido y el golpe sorprendieron a Elsa.

- Bien querida le dijo amenazándola con la fusta. Y ahora quítese las bragas y apoye el torso sobre mi mesa.

- No, no entiendo, ¿Qué va a hacer?, dijo ella mientras sentía cómo se le aflojaban los esfínteres.

- ¿Qué cree que voy a hacer?, le voy a dar veinte golpes en las nalgas con esto, la mitad que a sus compañeras.

- Me dijo que no me iba a castigar.

- Le dije que no le iba a castigar por lo de la ropa interior, pero esos juegos que practican son una indecencia, obedezca y quítese las bragas.

- No, eso no, por favor, no me castigue, se lo suplico.

- Haga lo que le digo, o me obedece o le doy cuarenta fustazos.

- Por favor, es horrible, no me castigue con eso, no soporto el dolor, Elsa siguió suplicando con lágrimas en los ojos pero al mismo tiempo se empezó a quitar las bragas sin ejercer mucha más resistencia.

- Traiga eso acá. Elsa miró asqueada a Don Gabriel que le pedía que le diera las bragas con el brazo extendido. El hombre cogió las braguitas con los dedos y se puso a manosearlas. Están húmedas, dijo, ¿qué es lo que le está excitando ahora exactamente pequeña zorra?.

Elsa bajó la cabeza completamente ruborizada.

- No sé a qué se refiere, mintió volviendo a mirar asqueada cómo él le olía las bragas.

- Sí que lo sabe, está cachonda como una perra en celo. ¿Le gusta estar desnuda delante de los hombres?.

- No, por favor, déjeme, no me diga esas cosas, me da asco.

- Sí que le gusta, y también le gusta saber que la voy azotar con la fusta, dígame Elsa, le dijo él levantándole la falda con la punta del instrumento de tormento, ¿también se mojó el otro día mientras le torturaban sus compañeras de cuarto?.

Elsa torció el rostro hacia un lado mientras protegía su pecho con los brazos cruzados, Don Gabriel tenía razón, en el fondo le gustaba.

- ¿Y bien?

Ella siguió sin contestar.

- Quien calla otorga, jovencita. Bien, si lo que necesita es que la desbraven, yo mismo me encargaré de hacerlo con esto. Venga aquí e incline el torso sobre la mesa.

- Perdóneme, por favor se lo pido, no me azote.

- ¡Haga lo que le ordeno!. Don Gabriel le cogió violentamente del brazo y la llevó hasta la mesa.

Elsa no tuvo más remedio que obedecer y llorando inclinó su torso sobre la mesa.

- Ahora agárrese la falda con las manos y levántela, quiero ver bien ese culo.

Elsa se agarró la falda y la levantó tímidamente dejando entrever la parte inferior de su trasero.

- Más, levántela más.

- Por favor.

Don Gabriel se impacientó y violentamente le llevó las manos hacia arriba de manera que el trasero de Elsa quedó completamente al aire.

- Mantenga la falda en alto y no la suelte bajo ningún concepto, dijo Don Gabriel admirando el culo tieso y redondo de la joven. El ano y los labios de la vagina los tenía tiesos y prietos, pero entre los labios se adivinaba la piel del coño rosada y brillante de humedad y una gota blanquecina amenazando con derramarse. Don Gabriel tenía la suficiente experiencia para saber que tenía delante a una chica cachonda más que dispuesta a que le hicieran de casi todo.

- Muy bien, querida. ¿Está preparada?.

- No, no me pegue por favor.

- Cuente los veinte golpes en alto, si se equivoca o baja las manos volveremos a empezar.

Don Gabriel alejó la fusta, la acercó al trasero de ella y con un rápido movimiento le dio el primer fustazo.

- Aaaay. Elsa reaccionó instintivamente y se levantó poniéndose las manos en el trasero.

A Don Gabriel le excitó esa reacción, pues ella le miró con cara de odio y furia.

El director dio un violento golpe en la mesa

- ¡Vuelva a la posición inmediatamente!.

- No quiero, me hace daño.

Don Gabriel perdió la paciencia y la agarró del pelo.

- Vas a inclinarte quieras o no, puta. La empujó otra vez sobre la mesa y Elsa volvió a la posición. La falda, vamos.

Elsa cogió otra vez la punta de la falda con rabia y se la levantó. En medio de las nalgas tenía ahora una línea rojiza.

- La primera no ha valido, cuente los golpes y no se vuelva a mover o tendremos que repetirlo.

Otra vez la fusta silbó en el aire impactando contra el culo de Elsa. Ésta lanzó un sonoro alarido que a Don Gabriel le sonó a música celestial.

- Cuéntelo.

- ¡UNO!, gritó ella temblando y aguantando la rabia y el dolor.

La respuesta no se hizo esperar y otro fustazo acertó en el mismo sitio que el anterior con una precisión diabólica.

- ¡Aaah, nooo, por favor, no!. Elsa hizo ademán de poner las manos en el trasero, pero se reprimió y agarró la falda con más fuerza. ¡DOS!, gritó con lágrimas en los ojos.

¡Zas!. La fusta golpeó esta vez en la parte superior de los muslos y Elsa tembló de dolor mientras decía el número tres a voz en grito aguantando a duras penas el castigo.

- Cuatro....., cinco...., seis....... Elsa decía los números ya llorando mientras Don Gabriel la azotaba cada vez con más fuerza y más saña y la fusta restallaba contra su trasero con golpes secos y sonoros.

Finalmente al séptimo fustazo, Elsa se rindió y llorando se llevó las dos manos al trasero.

- No puedo más, por favor, no me azote, no puedo más.

Don Gabriel sonrió sádicamente.

- Ha bajado las manos, ya sabe lo que eso significa.

- ¿Y qué quiere que haga si no lo puedo soportar?, protestó ella a todo llorar.

- Está bien, ya veo que tendré que atarte durante el castigo, zorra.

- ¿Atarme, está loco?

- Tú verás, pero si no tendremos que empezar una y otra vez.

- Pero, atada y desnuda, eso es humillante...

- Usted decide, dijo Don Gabriel sacando una cuerda de un cajón, además no sería la primera vez.

- Esta bien, dijo Elsa extendiendo sus muñecas juntas hacia adelante tras enjugarse las lágrimas.

Don Gabriel se las ató con un nudo corredizo en una décima de segundo y se la llevó brutalmente hasta una silla, allí le obligó a apoyar el torso en el respaldo e inclinándola hacia adelante, le ató las manos a las patas con una habilidad y rapidez que asombró a la muchacha. Después hizo lo mismo con los tobillos. Una vez inmovilizada, Don Gabriel le desató la falda de cuadros y se la quitó dejándola completamente desnuda. Aparte de que las marcas rojas de la fusta se le estaban irritando, Don Gabriel comprobó que una gotas húmedas se deslizaban por la cara interna de sus piernas y no eran orina precisamente.

- Deme sus gafas, se le podrían romper. Don Gabriel le quitó las gafas y ella le miró con sus bellos ojos azules.

- Tenga piedad no me dé muy fuerte

Ahora Elsa estaba completamente desnuda, permanecía atada en una posición ridícula, agachada, doblada sobre sí misma y con el culo en pompa.

Viéndola así indefensa, Don Gabriel se apiadó de ella y decidió cambiar la fusta por un cinto de cuero, más que nada para no marcarla más de la cuenta.

- Recuerde que debe contar los latigazos.

Don Gabriel se puso a azotar a la muchacha mucho más rápido que antes y la pobre Elsa recibía los golpes con alaridos de dolor, contando como podía los azotes. Uno, dos, tres, gritaba, mientras el cinto de cuero le arañaba la piel con golpes secos e insistentes. A medida que Don Gabriel la azotaba, las marcas rojas se sucedían unas a otras de modo que el trasero, las piernas y la espalda de la joven eran ahora verdadero fuego.

Diez, once, doce latigazos. Ante el terrible castigo, Elsa ya no dejaba de llorar ni por un momento afanándose en contar los números como podía. Sin embargo, su resistencia llegó al límite.

- Pare, por favor, pare, ya no puedo más, pare.

Esa nueva interrupción significaba que había que empezar otra vez de cero y Elsa lo sabía así que se puso a llorar.

- Perdóneme, hágame lo que quiera, pero no me azote más, no lo soporto, me duele mucho, dios.

- ¿Harías lo que fuera, puta?

- Sí, lo que usted quiera, se lo prometo.

Don Gabriel se acercó a ella y se puso a acariciarla, ya no podía más.

- ¿Te gusta que te toque, preciosa?

Elsa se aguantó el asco como pudo.

- Sí..sí, tóqueme si quiere, lo que quiera, todo menos eso.

Don Gabriel dejó el cinto y se puso a sopesar y toquetear una de las tetas con una mano y el culo herido con la otra.

- Mmmmh, qué bonitas las tienes, no le vas a contar esto a nadie ¿verdad?

- No, no se lo prometo.

- Si no ya sabes lo que pasará, le dijo él hincándole las uñas en uno de los pezones y arrancando un grito de la chica.

- Aaay, no, no diré nada, fólleme si quiere, pero no me haga eso.

- Así me gusta, preciosa, si no me equivoco lo estás deseando desde que has entrado aquí. Y diciendo esto se puso a acariciarle en la vagina comprobando que la tenía toda mojada. Y sin decir mucho más, Don Gabriel se puso tras Elsa y agachándose se puso a comerle el coño.

Primero Don Gabriel le olió bien el coño y después le separó los labios de la vagina para acariciarle dentro con su lengua. Lo hizo suave y lentamente deleitándose del gemido de placer que lanzó su prisionera. Don Gabriel le chupó con tranquilidad y parsimonia saboreando los jugos de la muchacha y disfrutando su suavidad. Elsa lo tenía caliente y jugoso, su clítoris estaba erizado y los labios tiesos, dispuestos a correrse si Don Gabriel seguía comiéndoselo. De hecho, cuando ella estaba a punto, interrumpió a posta el cunnilingus y aprovechando la excitación de ella se puso a pocos centímetros de su cara.

- ¿Te gusta lo que te hago, zorra?

- Sí, me gusta mucho, ¿por qué ha parado?

- Dime, ¿tienes novio?.

- Sí

- ¿Le has chupado alguna vez la polla?

- No, me da asco.

- No me lo creo, seguro que es una excusa para ponerle caliente.

- Se lo digo de verdad, me da asco.

- Eso lo vamos a comprobar ahora mismo. Don Gabriel se sacó el miembro y se lo puso delante de la cara.

A Elsa se le mudó el rostro al oler aquello.

- No, eso no, todo menos eso, me da mucho asco.

Don Gabriel no se rindió sino que le empezó a tocar la cara con su pene y agarrarla del pelo. Ya se le salía el líquido seminal así que le pringó la cara de su propio semen.

Elsa se resistía todo lo que podía.

- No, voy a vomitar, déjeme.

- Vamos, abre la boca y déjate de remilgos.

Pero por mucho que lo intentó, Elsa no abrió la boca.

- No quieres cooperar, ¿verdad zorra?, ahora verás.

Don Gabriel volvió a coger el látigo y con toda su mala baba empezó a darle de latigazos en el trasero.

- Ay, no, otra vez no.

- Toma, zorra, calientapollas.

- Basta, por favor, basta, se la chuparé, pero pare.

- Me lo vas a tener que suplicar, le contestó sin dejar de azotarla, vamos suplicalo.

- Se lo suplico, déjeme chupársela

- Así no, pídemelo por favor.

- Por favor, quiero chupársela, déjeme que se la chupe, se lo ruego.

- Eso está mejor. Don Gabriel se puso otra vez delante de su cara con la polla tiesa.

Elsa tuvo que volver a vencer su asco y tímidamente sacó su lengua para chuparle la punta. Un extraño sabor inesperado y el tacto gelatinoso del pene le hicieron fruncir el ceño y guardar la lengua.

- No puedo, es asqueroso, dijo ella escupiendo.

- Vamos, hazlo de una vez. Don Gabriel estaba impaciente y le dio otro latigazo.

Ante el escozor Elsa se tragó su orgullo y se animó otra vez a chuparlo. Poco a poco venció su repugnancia y le empezó a chupar el miembro, primero tímidamente y cada vez un poco más. Primero paseó la lengua por el prepucio y luego con los labios como si le besara, pringándose de semen. Al de un rato, Elsa dejó de hacer asquitos y empezó a mamársela como una feladora profesional. Sin que él insistiera mucho más, la joven comprobó que era mucho más agradable de lo que pensaba, se la metió en la boca y cerrando los ojos continuó con la felación. Don Gabriel le agarró del pelo para dirigir mejor la mamada.

- Así, así, muy bien, lo haces muy bien, tienes que hacérselo a tu novio, te querrá más, ya lo verás. Don Gabriel tenía los ojos en blanco y la boca entreabierta y hablaba a trompicones. Hacía tiempo que no conseguía que le hicieran una felación tan fácilmente, así que quiso disfrutar a tope del momento. Elsa se la siguió mamando durante cinco interminables minutos hasta que él sintió que se iba a correr, entonces sacó la polla de la boca y apuntando a su cara le soltó un disparo de lefa detrás de otro. Don Gabriel bramaba sonoramente mientras Elsa apartaba el rostro intentando evitar los tiros de tan asqueroso brebaje sin conseguirlo.

Finalmente, mientras Don Gabriel se relajaba, la chica escupía muerta de asco las gotas de semen que se le habían colado en la boca.

- ¡Aaaah, qué gusto!, la chupas como una puta. Muy bien, ¿dónde estábamos?, a sí, veinte latigazos.

- No, otra vez no. Se la he chupado como quería. Fólleme, fólleme y no diré nada pero no me azote.

- Hum, no sé. Le dijo mirándola a la cara. Entonces ella le sorprendió de verdad.

- Estoy muy cachonda y me has dejado a medias, me apetece sentir tu polla dentro de mí, vamos métemela hasta que me corra.

Don Gabriel no podía creer la metamorfosis experimentada por esa chica. Elsa le hablaba ahora como una buscona, con la cara mojada de esperma y con una gota de semen aún colgando de la punta de la nariz.

- Vamos, fóllame, por favor.

Don Gabriel se dio cuenta, de repente de que estaba otra vez empalmado y no se lo hizo repetir, se fue otra vez hacia el trasero de la chica y la empezó a penetrar. El pene entró muy fácil lubricado por los jugos vaginales de la muchacha. Al entrar de un solo empujón Elsa se estremeció y levantó la cabeza al tiempo que lanzaba un gemido de placer. Ya no era virgen, pero su novio nunca se la había metido de esa manera.

Muy excitado por el grito de ella, Don Gabriel siguió follando animosamente mientras ella gemía y gritaba de placer a cada empujón. La postura hacía que el pene del hombre le entrara profundamente en las entrañas y Elsa sintió que se iba a correr por los brutales empujones de su violador. Éste ni se dio cuenta cuando ella tuvo su orgasmo gritando como una loca y temblando de placer. Aún siguió empujando y empujando hasta que ella notó perfectamente cómo le creía el pene.

- Córrete dentro, cariño, no la saques.

Don Gabriel le hizo caso y manteniendo sus caderas con las manos se empezó a correr dentro de la cálida vagina de la muchacha.

- ¡Aghh, aghhh! Gritó él sintiendo que las piernas le fallaban y que su polla se hundía profundamente en la húmeda caverna de ella. Entonces se inclinó sobre la joven y dejó que su pene experimentara sus últimos espasmos entre los entresijos húmedos del coño de Elsa mientras le besaba la espalda y las heridas del trasero.

Cuando sacó el pene, Don Gabriel cogió otra vez el látigo dispuesto a reanudar el castigo donde lo había dejado, pero cuando volvió a levantar el látigo ella le interrumpió.

- Espera, escúchame un momento.

Don Gabriel le hizo caso.

- Por favor, cariño, me ha gustado mucho, pero no me castigues, de verdad que me duele. Si me perdonas, seré tu esclava, vendré siempre que quieras y te haré lo que quieras.

Don Gabriel la miró muy poco convencido.

- Dejaré que me ates y soportaré algunos latigazos,.... muchos no,... por ti.

- ¿Lo prometes?.

- Sí.

Don Gabriel pensó en la perspectiva. Esa bella joven su esclava sexual, era demasiado bueno, pero se lo creyó.

- Está bien, pero espero que cumplas tu palabra, sino te castigaré de verdad y esta vez no habrá piedad. ¿Lo juras?.

Elsa afirmó con la cabeza.

Don Gabriel se puso entonces a soltarle los nudos de sus ataduras. Una vez libre, Elsa se limpió el esperma de la cara y se puso a toquetearse las heridas del trasero. Al verla desnuda y despreocupada a Don Gabriel le dio un arrebato y cogiéndola de la cintura la abrazó y le plantó un morreo mientras con una mano le soltaba el pelo. Elsa se sorprendió pero cerró lo ojos y se besó apasionadamente con el director mientras la melena rubia caía sobre los hombros.

Tras el beso, Don Gabriel la miró.

- ¿Ves?, así estás mucho mejor, y cambia de gafas, le dijo mientras se las devolvía, no te favorecen en absoluto.

Elsa las cogió y volvió a mirar hacia el suelo.

- ¿Puedo vestirme ya?.

- Sí, contestó él mientras hacía un lío con las cuerdas con las que la había atado.

Elsa tardó un rato en vestirme entre ayes y gestos de desagrado al rozar las heridas del trasero con las bragas. Finalmente se arregló como pudo y se limpió bien la cara con un poco de agua y unos pañuelos de papel que le ofreció el director. Finalmente se puso las gafas.

- ¿Me puedo ir?.

- Sí, ah, y diga a Carla que venga, hoy me he quedado con ganas de azotar a una puta.

- Sí señor.

Elsa cerró el despacho del director por fuera y se encaminó por los pasillos mientras terminaba de arreglarse la falda. Le costaba un poco caminar y el trasero le dolía mucho, seguramente no podría sentarse en varios días.

Al principio siguió con el gesto compungido y serio, sin embargo, al de unos metros una enigmática sonrisa apareció en su rostro.

- Hola perrita, ¿Cómo ha ido?, oyó al entrar en su habitación.

Elsa se paró delante de Carla, cruzó los brazos a la espalda y separó las piernas, entonces con la cabeza baja le respondió.

- Como tú habías previsto.

- ¿Te ha pegado?.

- Sí.

¿Te ha violado?

- Sí.

¿Se ha corrido dentro?

- Sí, se lo he pedido como me has enseñado.

- Perfecto, si te parece, ya llamo yo, diré que tú estás muy nerviosa.

- Lo que tú digas.

Carla cogió su teléfono móvil.

- ¿La policía?...llamo para denunciar una violación.....en el internado de San José....no, no, a mí no, a una compañera,...es que está muy nerviosa, ya se puede imaginar....¿quién?...el director...no, no me lo he inventado, ha sido él, vengan y compruébenlo ustedes mismos. Hasta ahora.

Carla apagó el móvil y miró a Elsa.

- Estarán aquí en diez minutos, espero que hagas bien tu papel. Mmmh, violación de una alumna, le van a caer quince años a ese hijoputa, no volverá a tocar a otra chica mientras viva, dijo Carla con desprecio.

Elsa continuaba en postura de sumisión, entonces Carla reparó en ella, cambió de actitud y le acarició el rostro.

- Pobre perrita mía, ¿te ha hecho mucho daño?, le dijo mientras le desabotonaba la blusa.

- Sí, pero no me importa, haría lo que fuera por ti.

Carla le abrió la blusa a medias y se la abrió hasta dejar el torso y los hombros al descubierto, hecho esto le empezó a meter mano mientras buscaba sus labios.

- Cómo me gustan tus tetas cerdita. ¿De verdad que harías lo que fuera por mí?

- Tú sabes que sí, Elsa ya jadeaba al notar cómo Carla jugueteaba con sus pechos.

- Dime lo que te ha hecho ese cerdo mientras llega la poli, me da mucho morbo.

- Me ha obligado a que se la chupe.

- ¿A sí?, ¿y te ha gustado?. Las dos jóvenes hablaban con los ojos entrecerrados interrumpiéndose con breves besos en los labios y lamidas cortas.

- Sí, dijo Elsa en un suspiro.

Así que te ha gustado chupársela al viejo cabrón, menuda puta me he echado como esclava. ¿Y qué más?

También me ha comido el coño y me ha gustado mucho.

Eso sí que no, el potorro sólo te lo como yo , Carla le dijo esto con rabia mientras le agarraba de los dos pezones a la vez y se los retorcía hincando bien las uñas.

Elsa ahogó un grito de dolor cerrando los ojos y torciendo la cabeza hacia arriba mientras una corriente eléctrica le recorría todo el cuerpo.

- Esta noche cuando se vaya la policía te voy a ajustar las cuentas, zorra, le dijo Carla con cara de sádica y sin soltarle los pezones.

- Sí Carla, lo que tu quieras.

Carla se calmó y con una sonrisa volvió a ponerle bien la blusa y a atar los botones.



 


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